Hoy es un día triste. Este fin de semana hemos perdido a Laurel y aunque probablemente en toda su vida artística conoció la fama de un Louis Armstrong o un Compay Segundo -por poner ejemplos que todo el mundo entienda- fuí testigo de lo grande que era este artista, porque tuve la suerte de conocerle.Quizás lo mejor de Laurel era su vitalidad y su eterna juventud de espíritu, el talento como showman que le rodeaba y todo aquello que hace inevitable hablar de música ska sin mencionar su nombre. Le apodaban El Padrino. Yo era casi un crío cuando le hice la primera entrevista -sí, aquella en la que falló la grabadora- y ya desde entonces comprendí que Laurel era una leyenda viva.
En el cruce de caminos de dos culturas musicales; la anglosajona y la latina, Laurel se movía austero y sencillo. En privado, con su eterna toalla blanca al cuello, silencioso y parsimonioso en sus movimientos. En el escenario, con gafas negras y diente de oro, el Padrino abría el show.
Este músico mitad cubano y mitad jamaicano, británico de adopción, ha dejado para el mundo una manera simpática, mordaz y coherente de entender la vida, que se refleja en su obra y en el recuerdo de todos aquellos que vibramos con sus melodías y su inimitable presencia sobre el escenario y fuera de él. Ahora sólo nos quedan sus melodías, que alguien recordará algún día en cualquier lugar. Si amigos, no era Louis Armstrong, era Laurel Aitken.
Laurel Aitken (1927-2005). Always riding.

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